Hacía muchísimo tiempo, casi diría desde mi infancia, que no veía el Festival de Eurovisión, hasta que el pasado sábado, 18 de mayo, sentí la curiosidad de volver a hacerlo. La retransmisión para España la hacía Jose María Iñigo, como cuando yo era pequeña.

El festival se celebraba en Malmö, Suecia, y la presentadora, Petra Mede, hablaba en inglés. Inmediatamente me llamó la atención –deformación profesional, supongo– que según presentaba la gala, Iñigo traducía inmediatamente y de forma completa al español, como Mede leía, supuse que a nuestro presentador le habían facilitado el texto en español y que él a su vez leía, ya que no me consta que Jose María Iñigo sea intérprete simultáneo.

Hasta ese momento todo bien, sin problemas de comprensión para los numerosos telespectadores españoles que no hablan inglés, lo chocante se produjo cuando empezaron a darse situaciones fuera de este esquema. Me explico mejor: cuando intervenía algún invitado  o hablaba alguno de los concursantes y evidentemente no había texto escrito. Ese fue el pistoletazo de salida para varias posibilidades a cual más curiosa: el periodista se limitaba a hacer un escueto resumen, decía solo una parte de lo que oía o se quedaba totalmente en silencio, dejando a quienes no entienden inglés con la curiosidad y la incómoda sensación que inevitablemente provoca el ¿qué estarán diciendo, me estaré perdiendo algo fundamental o divertido?

Durante las votaciones los representantes de los países concursantes comunican a quién conceden sus votos y salvo escasísimas excepciones todos se expresaron en inglés (Por cierto que España no hizo honor a nuestro idioma, el segundo en importancia del planeta, en eso todavía tenemos mucho que aprender de Francia que sí habló en francés al igual que Bélgica. Nuestro país debería luchar porque nuestro idioma también sea lengua oficial del festival).

En este punto Íñigo dio rienda suelta a la “creatividad”: traducir frases largas y complejas limitándose al lacónico e invariable “elogios a la presentadora”, aunque los distintos oradores hubieran hecho comentarios muy diferentes, observaciones chistosas o personales –¡ya quisiéramos los intérpretes poder zanjar las situaciones de esa manera tan fácil!–.

El momento culminante fue cuando la representante de Alemania se equivocó y dio los votos a Dinamarca aunque en realidad eran para Noruega. Al darse cuenta de su error rectificó y pidió perdón varias veces consternadísima. El intérprete, perdón, el presentador, estaba distraído y llevaba un considerable desfase respecto a la interpretada (¿sería quizás porque no es intérprete?), de manera que no solo no tradujo lo que estaba diciendo la desesperada alemana, sino que durante unos segundos estuvo totalmente perdido y preguntaba a quienes le oíamos ¿qué le pasa, qué ha sucedido, por qué pide perdón? Graciosa coyuntura propia de una comedia: el cazador cazado. Me hubiera gustado poder llamarle en ese momento y aclararle la situación.

Quiero puntualizar que el propósito de este escrito no es criticar a José María Iñigo, de quien pienso que es un gran profesional de los medios de comunicación y doy por hecho que conoce bien el inglés. Lo que quiero poner de relieve es cómo se ningunea, una vez más, la labor de los intérpretes, al prescindir de ellos en una ocasión en la que como quedó de manifiesto, es absolutamente necesaria.

Me sorprende que este veterano del festival se prestara a hacer ese remedo de traducción empañando así su trabajo de presentador, que por otra parte hizo muy bien. Supongo que detrás de ello estará el director del programa y el famoso “ahorro en tiempos de crisis”. Curiosamente el ahorro siempre se hace con cargo a la misma partida, jamás se piensa en economizar sobre los exorbitantes “cachés” de algunas estrellas de la televisión o sobre otros gastos perfectamente eludibles y superfluos.

El problema de fondo es que sigue habiendo quien piensa que para la interpretación simultánea no hace falta una formación específica, que desconoce que existen unos estudios universitarios al respecto, que cree que basta con conocer ambos idiomas; en resumidas cuentas, que cualquiera un poco espabilado puede hacerlo y más si es famoso.

Hace solo unos meses se produjo una situación análoga en Italia: Barbara D’urso, famosa actriz y presentadora italiana, tuvo una actuación bochornosa al hacer de intérprete sin serlo y con conocimientos muy básicos de francés. Se trataba de una entrevista a Camille Lacourt, nadador del país galo. Los alumnos de interpretación de la universidad de Forlí se lo reprocharon en un artículo muy bien escrito y ella tuvo la desfachatez de contestarles que si no habían contratado a un intérprete era por su alto coste y que si a ellos les parecía tan mal podrían ir la próxima vez a televisión ¡sin cobrar! ¿Lo diría porque las rutilantes estrellas de la pequeña pantalla como ella trabajan gratis?

Dos de mis alumnas me han recordado que hace años Elisabetta Canalis, presentadora italiana, tuvo otro “momento de gloria” en el Festival de San Remo al suplantar a un intérprete en su conversación con Robert de Niro.

¿Es esta una tendencia al alza? ¿Ya no se reconoce el talento, el trabajo, la formación y la profesionalidad de los intérpretes de verdad? ¿Los esfuerzos que hacen nuestros alumnos de las facultades de interpretación y los años que dedican son en vano ya que cualquier advenedizo puede lanzarse y nada menos que en televisión? ¿Vamos a consentir los intérpretes que se degrade  una maravillosa pero dificilísima y cualificada profesión como la nuestra?

Como intérprete y apasionada de este oficio que soy espero sinceramente que no.

Diana Soliverdi, intérprete de conferencia y miembro de AICE

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