He aquí un título muy conocido por todos evocador de una dualidad con sus dos polos, el positivo y el negativo, que irremediablemente me lleva a pensar en la interpretación consecutiva. Aprendí esta técnica hace veinte años –¡Dios mío el tiempo vuela!– y desde el primer momento me sentí cautivada por ella.
Empecemos por su faceta de la bella:la interpretación consecutiva es absolutamente rigurosa y bien aplicada da la posibilidad al intérprete de ser certero, preciso, exhaustivo, y no dejarse en el tintero ni un detalle de lo que está diciendo el orador. Junto a tanta exactitud también da alas a la creatividad y se adapta a la forma mentis de cada uno: hay quien es un genio con las abreviaturas, quien prefiere tomar dos notas breves pero definitivas para recordar, quien plasma las ideas mediante dibujos, quien maneja los símbolos con maestría, quien da la vuelta a las frases y empezando por lo último que dijo el orador consigue un párrafo (oral, claro) redondo y brillante en el idioma de llegada. Además tiene la ventaja añadida de que el público ve el trabajo en directo, aprecia la dificultad de la tarea, y el intérprete no cuenta solo con su voz –¡ah la crueldad de la interpretación simultánea!– para transmitir el mensaje, obviamente sin caer en histrionismo se apoya en su mirada, en ese contacto sin intermediarios con los receptores, en un lenguaje gestual que bien medido y adecuado a la situación refuerza lo que dicen sus palabras y facilita la comunicación. Estar al lado del orador hace que se identifique más con su discurso, que pueda comunicarse con él si le hace falta, que trabajen juntos en un equipo perfectamente coordinado.Vamos ahora con su faceta de la bestia: en la consecutiva el aspecto del directo lejos de ser una ventaja puede llenar de temor y procurar tal estrés que lleve a rechazar esta técnica. El estar solo, sin un compañero, priva al intérprete de consecutiva de la oportunidad de una ayuda que puede ser muy valiosa en ciertos momentos. El estar fuera de una cabina, a la vista de todo el mundo, es como ser un trapecista sin red, impide poder manejar diccionarios e impone una disciplina “presencial” en una reunión que a veces puede durar hasta ocho horas mientras que en simultánea se hacen turnos de media hora. Reelaborar el discurso de alguien en otro idioma –porque de eso se trata– apoyándose únicamente en algunos apuntes y en la memoria, que por buena que sea, salvo algún caso excepcional, no abarca para tanto contenido, es misión imposible. Pero hay que puntualizar que ese tipo de interpretación no es consecutiva, de hecho se la conoce como la “falsa consecutiva” y que por lo tanto no tiene la eficacia de la verdadera. Comprendo perfectamente la ansiedad y la impotencia que tal situación debe generar. Hace ya varios años que enseño esta disciplina y observo cómo para muchos alumnos es la bestia negra de la carrera, una tortura, algo imposible de aprender. He llegado a la conclusión, aunque naturalmente todavía me quedan matices por descubrir, de que el problema es la falta de “un cambio de chip”. Me explico mejor: desde nuestra infancia hemos pasado horas académicas dedicados a tomar apuntes, a plasmar la información en el papel de una manera determinada y de repente dar un salto tan grande nos parece inviable. Pero hay que darlo.

Ha quedado demostrado que tomando apuntes es irrealizable traducir el discurso del orador completo y sin errores en un intervalo breve de tiempo. Entre otras cosas no hay que olvidar que no se trata de leerlo en el mismo idioma de producción sino de trasladarlo a otra lengua y de que aparte de no tener tiempo para hacerlo, la palabra escrita nos encadena y nos puede llevar a cometer falsos amigos o errores en el idioma de llegada. Aparte del ya mencionado asunto, común a todo el que se inicia en la materia, de no comprender ni una palabra, o mejor dicho, de entender solo palabras sueltas, de lo que con tanto empeño y premura hemos ido escribiendo. Es como encontrarse de repente ante un jeroglífico que hemos de resolver en el espacio de unos segundos.

Estoy convencida de que la solución del problema pasa por aprender bien la técnica y para ello es necesario, imprescindible, que nos la enseñe alguien que lleva tiempo practicándola. Desafortunadamente conozco muchos casos de alumnos cuyo profesor era un teórico, probablemente había escrito sesudos artículos o incluso una tesis doctoral sobre el tema pero ni una sola vez en su vida había estado junto a un orador traduciendo sus ideas con este método. Se limitará entonces a enseñar teoría, a dar una lista de símbolos o a decir que son personales y que cada cual se las arregle como pueda, pero nunca se “remangará” y se pondrá manos a la obra a enseñar de forma práctica cómo se hace y a transmitir el amor por la asignatura. Yo propongo otro método que me parece más ameno, más humano y que me ha demostrado su eficacia en los 13 años que llevo enseñando esta materia. Hay que empezar explicando bien el método y aclarando que no es un fin en sí mismo sino un medio para facilitarnos una labor generalmente ardua. Se comienza con las herramientas que constituyen la base del sistema, es decir los cinco principios de la consecutiva para después pasar a la práctica. La práctica diaria, constante, partiendo de lo más sencillo para ir avanzando hacia lo más complejo. Demostrando desde el primer momento cómo se toman las notas, cómo se elimina lo superfluo, cómo se recuerdan todos los detalles, cómo no se cae en contrasentidos. Animando a exponerse ante los demás, a perder el miedo a hacerlo mal, a quedarse en blanco, a enfrentarse al público. Buscando la parte lúdica, riéndonos de nuestros errores y siendo absolutamente respetuosos y considerados en las críticas necesarias que siempre serán constructivas. Así es como me la enseñaron a mí y así es como disfruto cada vez que interpreto en consecutiva, una actividad por la que siento auténtica pasión.

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